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Construyendo eternidad

Si podemos ver a la Tierra como un ser vivo, a nosotros como sus pobladores que tenemos la responsabilidad de cuidarla, a los animales como nuestros compañeros de viaje y a las plantas como nuestras aliadas sin las cuales la vida sería simplemente insostenible.

Entonces, tal vez deseemos un edificio que se parezca a un ser vivo, que transpire, que no consuma energía innecesariamente, que agradezca el sol, que sea fresco en verano y cálido en invierno, que no genere desperdicio inútilmente, que sea limpio, que huela bien, que dé gusto acariciarle, que disfrutemos mirándole, que dé cobijo a nuestra familia, que el tiempo parezca no pasar cuando estamos en él, que nos transmita la paz, que permita el encuentro con nosotros mismos sin necesidad de seguir huyendo, que crezca y envejezca con nosotros y que después cuando desaparezca, como nosotros, todos sus componentes se integren de nuevo en el ciclo de vida de donde proceden, dejando solamente el rastro de lo bien hecho y de lo bien vivido en la memoria de nuestro planeta, tal vez entonces podamos decir, tal como nos gusta hacer, que construimos eternidad.